Hormiga negra dixit Hormiga Negra Dixit
esculturaAuizá los primeros fueron los griegos, no estoy muy seguro, a los que se les ocurrió esculpir un caballo y encima de él a un personaje, gobernante o militar importante. Sí recuerdo que esta tradición se siguió en Roma, donde ge- nerales y emperadores se recordaron montados gallardamente en corceles con el cogote muy doblado y las manos y patas en elegante andar y hasta con un críptico idioma en la posición: según el número de patas asentadas en el suelo, su jinete era un muerto en batalla, un herido en combate o un finado en la cama. Aunque el jinete no estaba tan cómodo como lo estuvo posteriormente, porque los romanos, que habían inventado hasta un circo que se inundaba para simular batallas navales, que ya poseían cañerías, acueductos, calefacción y carros de combate y mil invenciones más, no habían creado aún los estribos, por lo que montar con algo en el lomo, pero sin el apoyo de los pies, los ponía en desventaja contra los hunos, por ejemplo. Claro que en la guerra el fuerte de los romanos era la infantería. Sólo los altos mandos iban montados, pero esos no estaban en la primera línea, sino en la colina más próxima señalando con el brazo lo que tenían que hacer los de a pie.
Mas como siempre el arte se copió de sus antecesores, la tradición de honrar a gobernantes y guerreros mediante grandes estatuas de jinetes de briosos y fuertes corceles, muy de la escuela española -esos que se ponen en poses y saltan al lado de su entrenador- prosiguió con la estatuaria ecuestre por los siglos de los siglos, hasta el actual. Aquí, en nuestro país, sin embargo, conozco dos ejemplos de grandes hombres montados sobre caballos cansados, con el cogote estirado y la rienda floja: el de Julio A. Roca en la avenida homónima y el de José de San Martín en Mendoza, en el Parque del Cerro de la Gloria. Allí se ve a los equinos más como debieron estar, agotados y con ganas de que los desensillen para rascarse el lomo en la tierra del corral. Una excepción a esta regla es la de Facundo Quiroga en su monumento, donde el montado no está en pose heroica ni agotada, sino la de un caballo salteño acostumbrado a los guardamontes. Otro de los episodios que involucran a un monumento ecuestre es otra vez José de San Martín en su plaza, en el que el General apunta con el dedo de la diestra hacia un punto no muy lejano. Cuando se lo erigió por primera vez estaba en otra posición y la trayectoria del índice fue a parar al humilde homenaje del Negro Falucho. Con el correr del tiempo lo cambiaron de aquella posición a la actual y dicen que le preguntaron dónde quería a Falucho, y el Negro, en consecuencia ahí fue instalado. Después no se adónde terminó Falucho, lo cierto es que ahora no está presente.
Los monumentos ecuestres, allá arriba de un pedestal a menudo de granito oscuro o rojo de estilo indefinible y casi siempre ornado con bajorrelieves alegóricos llenos de gente que gesticula o de pueblos que aclaman no se sabe o no se recuerda qué, con sus esquinas celosamente guardadas por figuras alegóricas a regiones o batallas, por su parte, ejercen una especial atracción a unos pequeños seres vivos que contrasta con la habitual indiferencia pública del transeúnte humano. Se cuenta que a uno de esos importantísimos héroes nacionales que había permanecido desde el centenario montado en su corcel de bronce en la plaza principal de la ciudad, por uno de esos raros acontecimientos que escapan a la imaginación, vino un mago y para demostrar su poder, le dio vida al caballero. ¿Saben ustedes lo primero que ocurrió entonces? Pues que el bigotudo y ceñudo general, sacó su pistola y comenzó a matar palomas a diestra y siniestra. Claro: el pobre estaba harto de tener esos pájaros parados en su cabeza defecando durante cien años. Sin embargo el cuento no habla de qué hizo el caballo, partícipe indudable de la resurrección mágica. Por lo tanto, tras la explicable reacción del matador de palomas me quedó la incógnita de cuál había sido la del equino resucitado por la misma varita. Las vueltas de la vida me llevaron un día a dar otra vuelta, esta vez a una rotonda en la ciudad gallega de Vigo, en cuyo centro vi la escultura más curiosa u original que se puso delante del objetivo de mi máquina y que contra mi costumbre, les voy a mostrar la fotografía a ustedes aquí. Es una extraña estructura de acero en espiral ascendente sobre la cual galopan desaforadamente hacia arriba, hasta alcanzar el vacío, unos caballos crinudos y con aspecto salvaje que se atropellan unos a otros. En el momento no conseguí colegir qué me decían y solamente más tarde, cuando la lerda y antigua neurona de uno se reactiva, me di cuenta que lo que había encontrado era el homenaje a los caballos que habían huído de su monumento y que buscaban en esas pendientes al cielo, la concreción de su libertad tanto tiempo perdida, ensillados, enjaezados y soportando un gordo rey sobre su silla. Era, pues, un canto a la libertad equina, pero a su vez entreñaba un mensaje sumamente revolucionario y anarquista: eran las bestias (en el mejor sentido de la palabra) que habían volteado a los generales, a los emperadores, a los conquistadores, que se los habían sacado de encima, que se habían desprendido de los arreos y que ahora galopaban frenéticos hacia su nirvana, a pastar a su particular campo elíseo saltando hacia el cielo. La resolución escultórica es magnífica, elocuente, de formidable inspiración y mejor concreción. Lo único que no se explica allí es adónde va a parar el caballo de más arriba, ese que extiende sus manos hacia el vacío. ¿Alcanzará su meta de vivir sin jinetes para siempre? ¿O caerá al vacío, rompiéndose la cerviz en el fondo de un barranco, por haber querido, como un Icaro cuadrúpedo, evadirse de la tierra, de su destino, del deber que para él concibió el género humano?
Esa escultura permite varias interpretaciones. Quedémonos con la belleza plástica de caballos en el mejor momento de su alegría animal por ejercer el raro derecho de hacer los que les vino en gana.